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Las discordancias entre la teoría y la práctica en Medicina

Es habitual que cuando los médicos aprendemos un tema lo hacemos aplicando los conocimientos sobre un paciente ficticio que poco tiene que ver con aquel de carne y hueso que atendemos cotidianamente. Esto hace que las rígidas guías de tratamiento se apliquen a la perfección y alcancemos los objetivos imaginarios que perseguimos: colesterol malo menor a 100 mg%, tensión arterial menor 120/80 mmHg, etc.

  Al transitar la práctica clínica diaria podemos comprobar que la tarea de llevar la enfermedad de nuestro paciente a buen puerto es sumamente complicada debido a distintas razones.

  En primer lugar, y si convenimos que gran parte del “éxito” terapéutico se lo lleva el paciente, no es difícil darse cuenta de que es él mismo el  principal responsable del “fracaso”. Es que en la mayoría de las enfermedades que tratamos en el consultorio como diabetes, hipertensión arterial o colesterol elevado, el más importante de los pilares es aquel en el que nuestro paciente debe cambiar esos malos hábitos alimenticios como el uso de abundante sal y de conductas como el sedentarismo. Está de más decir que cuesta mucho lograr esta modificación en el estilo de vida, el cual constituye un paso ineludible.

  En segundo lugar, en no pocas ocasiones los médicos sobredimensionamos ese pilar del tratamiento constituido por los medicamentos, convenciendo a los pacientes de que la gran solución se encuentra en la farmacia más próxima. Esto lo solemos hacer en pacientes rebeldes que tienen una escasa adherencia a nuestros consejos tan poco amigables y puede ser una excusa razonable aunque no justificable.

  La tercera razón, no menos importante, es la que constituyen aquellas limitaciones socio-culturales como la falta de instrucción de algunos enfermos y ciertas creencias que dificultan el cumplimiento de las recomendaciones hechas por el profesional. Si bien escapan al médico estas cuestiones, dependerá del interés que éste ponga en esos menesteres el poder penetrar en el universo tan complejo de nuestros pacientes.

  Por último, en ocasiones nos encontramos con dificultades económicas del propio enfermo, siendo engorroso que estos lleven adelante nuestras indicaciones. Otras veces los límites son impuestos por las obras sociales, situación más que atendible si reconocemos el fundamento básico de solidaridad y equidad de estas entidades en nuestro país.

  Para concluir, diría que el médico no debería tomar posturas extremas como ser severo con su “descarriado” paciente ni permitir un libertinaje tal que deje librada al azar a la enfermedad. Mucho contribuiría, por el contrario, afianzar la relación con el enfermo para hacer que las discordancias entre lo que alguna vez estudiamos y la realidad no se acentúen.   

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