En la actualidad resulta inútil explicar el evidente avance tecnológico que ha tenido la medicina en lo que respecta tanto al diagnóstico como al tratamiento de las enfermedades. Nos referimos a estudios de laboratorio, imágenes y tratamientos quirúrgicos como la cirugía robótica y farmacológicos como los del cáncer, cada vez más eficaces y precisos en sus objetivos. Sin embargo, dichos avances, junto con cuestiones de índole administrativas y cambios de conducta de la sociedad, han complejizado nuestra profesión. En no pocas ocasiones, esto conduce a un distanciamiento entre los componentes fundamentales del proceso de atención sanitaria, es decir, el médico y el paciente.
Este conocimiento médico tiene su contracara en la insatisfacción de familiares y pacientes sobre lo que la ciencia actual les brinda. Es que esa medicina simple, llana y directa, perteneciente a un pasado no tan lejano, en nuestros días se encuentra impregnada de sofisticados estudios que dan una engañosa sensación de seguridad. A menudo, tienden a reemplazar el buen criterio clínico, el cual se edifica a través de un minucioso interrogatorio y un insustituible examen físico. Éste último constituye una forma única de tocar al paciente en busca de signos que denotan una enfermedad y no debe ser sustituido por un aparato que sólo debería indicarse en contadas ocasiones para corroborar una sospecha diagnóstica.
Así es que se vuelve urgente e imperioso humanizar nuestra práctica médica con el propósito irrenunciable de acercarnos al paciente y generar empatía, es decir, lograr ponernos en su lugar y que nos importe lo que sucede con su salud, emociones y miedos.
Para finalizar, propongo que los médicos revaloricemos la escucha y la palabra en el momento de la consulta, indiquemos lo estrictamente necesario y nos mantengamos independientes de cualquier otro interés que no sea el bienestar del paciente, sabiendo que en definitiva la medicina sigue siendo un arte en el que conjugamos aspectos técnicos y humanos.